Estoy frente a su cama, ella acostada desnuda me mira y sonríe. En ese preciso momento todo mi ateismo tambalea, cae al piso y se rompe en mil pedazos. ¿Como pude ser tan ciego? ¡Claro que el cielo existe! Está justo frente a mi ubicado entre sus piernas. Me quedo en silencio un momento mientras ella me observa y pienso: Gracias a Dios que no tengo que morir para visitarlo.
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